21 de marzo de 2012

Primavera

Tus manos aunadas antes a las mías
sostenían con ternura la semilla
que, temblando sobre nuestras pieles frías
la ilusión muerta de crecer agradecía.

El pericarpio dejó libre la semilla.
Crecía tanto que casi lo rompía
y nadie advirtió la destrucción inminente
de la planta no nacida que moría.

El viento arrasó veloz con los segundos,
las abejas se llevaron la dulzura
de las flores que crecían sobre la tumba
del embrión que no encontraba su hermosura.

La mañana lentamente clarecía
cuando soltaste tu mano de la mía.
Cayó al suelo y creció así una esperanza
bella, que me recordaba tu partida.

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